La interpretación de la inflación como ruido
FERNANDO ESTEVE MORA Anteayer, a la hora y media de clase, pasó lo de siempre. Lo natural. Lo previsible. Y es que es, más que difícil, imposible, que todo un grupo de estudiantes pueda aguantar (sí, aguantar) las explicaciones que desde la tarima les suelta un profesor durante tanto tiempo ordenadamente, o sea, sin removerse de los asientos, sin hablar o comentar algo, casi sin pestañear. Así que es completamente comprensible, pues es humano, que a la hora y poco de clase, poco a poco, los murmullos paulatinamente crezcan. No tiene por qué deberse de modo obligado a que el profesor sea malo, aunque sin duda ello sería una causa más que razonable. Ni tampoco a que el grupo lo sea, lo que es perfectamente posible y desgraciadamente frecuente...