LAS OPINIONES DE LOS EMPRESARIOS Y EL SESGO DE SUPERVIVENCIA
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FERNANDO ESTEVE MORA
En los años 40 del siglo pasado, en mitad de la II Guerra Mundial, la preocupaciones por las bajas que la aviación norteamericana estaba sufriendo en sus incursiones de bombardeo en los distintos frentes causadas por las defensas antiaéreas enemigas llevó a sus dirigentes a buscar la manera más eficiente de afrontar esa situación.
Y es que la solución obvia, que era proteger con placas metálicas los aviones tenía un serio inconveniente que era que aumentaba tanto su peso que obligaba a disminuir de modo radical la carga en bombas que podían transportar, por lo que la protección total era impensable. Se trataba pues de resolver ese trade-off, esa disyuntiva entre seguridad y carga, de la manera más eficiente posible. Y para ello, el camino obvio era reforzar no todo el fuselaje de los aviones sino sólo los puntos débiles más importantes de los mismos, lo cual exigía como es lógico descubrir dónde estaban.
A este respecto, la Fuerza Aérea norteamericana diseñó en 1942 un programa para descubrir de modo empírico qué partes de los aviones eran más susceptibles de ser dañadas por las defensas antiaéreas enemigas, para lo que, de modo sistemático, procedió a recabar información de todos los aviones que participaban en las incursiones acerca de en qué partes de su fuselaje habían recibido daños. Tras completar ese estudio, el resultado fue una suerte de mapa de las zonas más expuestas a los disparos de las defensas antiaéreas enemigas. La siguiente imagen de un avión tipo muestra las áreas que estadísticamente resultaban más susceptibles de recibir impactos:
Tras ese "mapeo" de las zonas problemáticas el siguiente paso parecía evidente, y consistía "lógicamente" en elegir entre todas esas zonas que lo merecían aquellas que sí podían recibir una protección complementaria dado el coste en términos de peso adicional que tales defensas suponía. Se eligieron aquellas zonas de los fuselajes en donde la probabilidad de recibir impactos era más elevada, es decir aquellas donde la agrupación de impactos era más densa . Ya sólo quedaba la fase final, la "técnica", la de proceder a reforzar esas zonas con placas defensivas adicionales.
Afortunadamente, antes de pasar a esa última fase, los dirigentes de la Fuerza Aérea se tropezaron con un matemático húngaro judío exilado en los Estados Unidos, Abraham Wald, que sin necesidad de recurrir a argumentos sofisticados o análisis matemáticos complejos señaló una obvia obviedad que echaba por tierra la decisión tomada. Lo que Wald vino a decir , es que dónde había que reforzar la protección era NO en las zonas del fuselaje dónde los agujeros de los impactos estaban sino precisamente donde NO estaban, dónde no los había, pues ahí eran dónde estaban en los aviones que a causa de ellos no pudieron regresar a sus bases…y que, obviamente también, no pudieron participar en el estudio. En efecto, cuando uno lo piensa un momento resulta evidente que lo que había que reforzar eran los motores y la carlinga, las zonas que no presentaban impactos en los aviones que sí volvieron de sus misiones.
Se conoce como “sesgo del superviviente” de Wald esa falla lógica que conlleva a dar más relevancia en cualquier proceso de selección a las características de quienes lo han superado olvidándose de las características de los que no lo han hecho.
La competencia en los mercados, para los empresarios, se asemeja muchas veces a una guerra en la que tratan de sobrevivir, pues así la viven, como una guerra en la que luchan por su supervivencia económica. Cada mañana muchos empresarios pueden imaginarse que cuando suben el cierre de sus negocios algo les asemeja a aquellos pilotos que subían al cielo en sus misiones de bombardeo pues, al igual que estos, no todos acabarán el día volviendo indemnes a casa.
Y, al igual que les ocurría a los analistas de la Fuerza Aérea norteamericana antes de que Abraham Wald se lo hiciese ver, es habitual que caigamos en el “sesgo de supervivencia” y prestemos mucha, demasiada atención a los empresarios triunfadores, a lo que dicen esos pilotos de empresas que logran un día sí y otro también volver a sus bases olvidando que "hacer dinero" , que es el equivalente a salir vencedor en la guerra competitiva, no es estrictamente lo mismo para un economista que "generar renta".
Lo que solemos entender por "naturaleza humana", sea lo que quiera que con estas dos palabras quiera decirse, es mucho más maleable de lo que parece y de lo que pensamos.. Es casi seguro que el entorno en el que se vive tiene una capacidad " performativa ", es decir, que acaba "produciendo" el tipo de seres humanos con la " naturaleza " adecuada para sobrevivir o medrar en ese entorno. Vivir en una economía de mercado desabrida acabaría haciéndonos por lo tanto seres (aún más) egoístas, perseguidores del propio y personal interés usando para ello de todos los medios posibles (incluidos los ilegales) a nuestro alcance. No es esta ciertamente una visión muy complaciente de los seres humanos en las sociedades de mercado modernas ...pero es lo que hay. Un psiquíatra belga ha escrito, a este respecto, un libro muy revelador. Se trata de Paul Verhaeghe, y el libro se llama What about Me ?: Th e struggle for identity in a market - based ...
FERNANDO ESTEVE MORA Estaba leyendo El mundo de Odiseo de M.I.Finley y, como una de las diferencias más obvias entre el mundo de ahora y el de antes , me he tropezado una vez más con el bajo aprecio que las sociedades precapitalistas han tenido por la figura del comerciante, del mercader, del empresario/emprendedor económico, a diferencia del elevado valor social que le han dado al al aventurero, al militar, incluso al pirata, y en general al empresario/emprendedor de la violencia, de la destrucción. Esto no puede sino chocar de modo especial a todos aquellos que, como me sucede a mí mismo, han aprendido de Adam Smith acerca de las virtudes no sólo económicas, sino también cívicas, del intercambio, del chalaneo mercantil, de la compra y la venta, lo cual debería obviamente conducir al respeto por quienes se encargan de gestionar y difundir los intercambios. A fin de cuentas, y como lo dijo Montesquieu en...
Leí hace poco un curioso libro, Una historia política de la rueda de Raphaël Meltz. El libro es de esos que se leen de un tirón pues está escrito como una novela policíaca. No se trata de uno de esos pesados libros académicos que cuente la historia de los cambios políticos asociados al desarrollo de las tecnologías ligadas a la rueda de pé a pá, aunque algo se dice de ellos, sino de otra cosa, de un libro centrado en una cuestión: la del porqué de que haya habido no sólo pueblos sino enteras civilizaciones, como las precolombinas, que no han utilizado la rueda. Que los pigmeos de la selva del Ituri no hayan inventado o usado la rueda o que tampoco hayan hecho uso de ella los aché de las selvas del Paraguay no es un enigma. Lo es, sin embargo, y muy grande el porqué ni incas ni aztecas que crearon con el uso de grandes ejércitos grandes imperios con grandes ciudades imperiales repletas de construcciones increíbles para las que tenían que mover de un...
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