La religión como opio para el pueblo
Karl Marx se equivocó en muchas cosas...pero no en todas. En su obra Contribución a la crítica a la Filosofía del Derecho de Hegel de 1844 dice lo siguiente:
""La
religión es el suspiro de la criatura oprimida, el corazón de un mundo
sin corazón, así como es el espíritu de una situación sin espíritu. Es el opio del pueblo."
Para
Marx, la religión cumplía así un doble papel, al igual que lo hacía el
opio, de venta libre, en el pasado. De un lado, les servía a los
individuos (a las "criaturas oprimidas") de medicina, de
analgésico, de consuelo en "un mundo sin corazón". Pero también actuaba
como droga, de adormidera, de paralizante, de barbitúrico que anulaba la
capacidad de esos mismos individuos para rebelarse y hacer frente a su
penosa situación.
En tiempos de Marx, el opio mezclado con
ginebra, el láudano, era una droga de uso generalizado en la clase
obrera inglesa cuyos consumidores, hombres, mujeres y niños, la usaban
para así aguantar las extremadamente duras condiciones de la vida material
de los trabajadores y sus familias en la Revolución Industrial. Frente
al infierno cotidiano de la vida en los suburbios industriales del
capitalismo del siglo XIX, el láudano ofrecía un paraíso artificial terrenal siquiera temporal.
En
nuestros tiempos, no son pocos los que piensan que la religión sigue
siendo un opio para el pueblo, un analgésico pero también un
tranquilizante, que, frente a aquellos que pensaban que la modernidad,
la racionalidad y la ilustración acabarían con ella, ansiosamente la
sigue consumiendo para así aguantar las extremadas duras condiciones de la vida espiritual o mental
de los trabajadores en la actual fase neoliberal del capitalismo. Y es
que, como ha señalado el psiquiatra Paul Verhaeghe (NOTA): "Nuestra
sociedad proclama constantemente que cualquiera puede conseguirlo sólo
con esforzarse lo suficiente, mientras refuerza a la vez los privilegios
y ejerce una presión cada vez mayor sobre sus agobiados y exhaustos
ciudadanos. Cada vez hay un número mayor de personas que fracasan, se
sienten humilladas, culpables y avergonzadas. Siempre se nos dice que
tenemos mayor libertad que nunca para elegir el rumbo de nuestra vida,
pero la libertad de elegir fuera del relato del éxito es limitada.
Además, a los que fracasan se les juzga como si fueran perdedores o
gorrones que se aprovechan de nuestro sistema de seguridad social".
No
obstante, y a fuer de ser justos, hay que señalar que no todas las
religiones son iguales y que quizás la calificación de Marx sea un poco
exagerada al menos para la religión cristiana y, más específicamente,
para la secta católica de la misma. A fin de cuentas, la afirmación cristiana de que todos los seres humanos son hijos de dios proclama a las claras la igualdad esencial de los miembros de la familia
humana, declaración que se reconcilia difícilmente con las
desigualdades económicas, sociales y políticas y las violencias
consiguientes que desde tiempos inmemoriales han sido la plaga de las
sociedades humanas y la fuente de indecibles males y penurias para la
mayoría de sus gentes. Al menos en el siglo XX no han sido infrecuentes
los llamamientos de algunos miembros destacados de la iglesia
católica para que los humanos despertaran del barbitúrico sueño del
consumismo y de la explotación y se opusieran activamente a esa
situación. En otras palabras, la religión cristiana de estos cristianos
rebeldes, ya no sería opio sino una suerte de ibuprofeno o como mucho,
de lexatin.
Por contra, otras religiones como el llamado
"cristianismo evangélico" y otras sectas de las iglesias cristianas
reformadas y protestantes, así como el islam y el budismo, no han tenido
el más mínimo reparo en defender e incluso estimular el papel de droga
opiácea de la religión con su teológica defensa de la pasividad y el
quietismo. El fatalismo de evangélicos y musulmanes
que al sostener que nada pasa en el mundo -incluida la desigualdad y la
violencia- que no sea autorizado, aceptado y hasta querido por su
respectivo dios de modo que rebelarse contra esa situación sería un
pecado de lesa divinidad, y la existencia para los budistas de una "ley
kármica" universal que justificaría los males que la mayoría sufre en
el presente, en este mundo, por los pecados que hubieran cometido en
una supuesta vida anterior, son drogas muchísimo más fuertes no ya del
cristianismo rebelde de los años 60 sino hasta del cristianismo católico
tradicional. En suma que si, por seguir con el símil de Marx,
consideramos que la religión cristiana es el opio del pueblo, el
evangelismo, el islam y el budismo serían la heroína o, más aún, el fentanilo
del pueblo, y su expansión entre los más desfavorecidos (inmigrantes
latinos , africanos y asiáticos) cumple perfectamente el doble papel que
Marx consideraba típico de toda religión: el de ser a la vez un
ansiolítico y una droga esclavizadora y embrutecedora.
Dicho lo
anterior, el que la visita del papa León XIV a España sea motivo de
variados festejos oficiales y populares es, desde una perspectiva de sociología marxista de la religión, algo similar a que se le hiciesen fiestas a la visita del capo de una organización de traficantes de drogas. Algo comprensible para quienes están a favor del mantenimiento del statu quo, o sea, algo comprensible en los lugares en que gobiernan las derechas que,
naturalmente, siempre están a favor de cualquier cosa que sostenga los
privilegios de los poderosos como , por ejemplo, cualquier cosa que
embrutezca aún más al pueblo, -si eso es posible-, pero que debería ser
incomprensible en donde gobiernan las izquierdas. El que tanto el
gobierno central como el de Cataluña, que se dicen de izquierdas, estén
por la labor de agasajar a un metafórico traficante de drogas (por más blanda
en comparación con otras que la suya lo sea) sólo es un indicador más
de cómo la izquierda en nuestro país -y no sólo en él- ha devenido en lo
que he calificado en otra entrada de este blog como izquierda parroquial. Ahí lo dejo.
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NOTA: No puedo sino recomendar encarecidamente la lectura de dos de los libros de Paul Verhaeghe: uno, What About Me: The struggle for identity in a market-based society, y el otro, Says Who? The struggle for authority in a market-based society.
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